Felipe Pérez Santiago: "No existe la armonía sin conflicto"

Más que vanguardista el compositor prefiere calificar su música como “inclusiva”

 

Por SARA BARRAGÁN DEL REY

Felipe Pérez Santiago, en su estudio. / S. D. R.
Felipe Pérez Santiago, en su estudio. / S. D. R.

Con los ojos cerrados, Felipe Pérez Santiago improvisa en su estudio de la Ciudad de México en una de sus muchas guitarras. Primero toma su theremín de Rusia y luego su dulzimer de Hungría. Tiene una buena colección de instrumentos traídos de lugares remotos. Así se presenta, con banda sonora en directo. La música es su principal forma de comunicación.

 

“Mi filosofía es mostrar que la música no tiene fronteras, que las fronteras siempre han sido imaginarias y han sido creadas por musicólogos que analizan la música a posteriori definiendo los géneros. No quiero romper fronteras, sino demostrar que las fronteras no existen”.

 

Compositor, director de su propio ensamble Mal’Akh, y colaborador de proyectos de alcance internacional como los que realiza con  Kronos Quarter, este artista defeño, que se adivina cercano, con gusto por conversar y apasionado, se ubica a sus 41 años como una referencia entre las vanguardias de la escena musical mexicana. Sus composiciones son arriesgadas pero precisas, experimentales pero accesibles. Son reflejo de su propia personalidad.

 

Su estudio refleja también esta ideología autocosechada. Su interés en coleccionar instrumentos de todo el mundo o su aseveración de declararse fan de todo tipo de música (siempre que sea honesta) hace que sea fácil imaginarlo junto a su computadora descubriendo los nuevos dj’s de Bombay o escuchando tanto música tradicional de Turquía como boleros mexicanos.

 

Las cuatro paredes pintadas de azul de su habitación parecen transparentes y abiertas al mundo, como si, de un plumazo, pudieran eliminarse también las fronteras físicas.

 

“Trabajo la mayor parte del tiempo aquí, en mi estudio. Viajo mucho, así que me llevo lo necesario para armar mi miniestudio donde esté. Siempre estoy componiendo. Muchas veces salgo a correr y ya voy componiendo, así que cuando regreso ya terminé la pieza en mi cabeza”.

 

¿Será que hay una analogía entre su proceso creativo y el lenguaje científico? Dice que igual que ocurre en la comunidad científica, el lenguaje musical permite una comunicación perfecta entre músicos de todo el planeta. Es un idioma completo y lo aprendió, según su propia mitología, de forma intuitiva, casi al mismo tiempo que a hablar.

 

“Cuenta la leyenda que a los cuatro años estaba yo un día cante y cante en mi casa. A mi mamá le llamó la atención y se acercó a preguntarme qué es lo que estaba cantando, si lo vi en la televisión o lo aprendí en el kínder. Y yo le respondí muy serio: ‘No, esa canción es mía y tengo muchas más’. Afortunadamente mis padres decidieron meterme a clases de música y así empezó todo. A los seis años ya estudiaba música formalmente”.

Felipe Pérez Santiago, en la entrevista. / S. D. R.
Felipe Pérez Santiago, en la entrevista. / S. D. R.

Ligar y componer

 

Durante toda su infancia estudió guitarra clásica mientras escuchaba la música que apasionaba a su padre: boleros mexicanos, ópera italiana y jazz.

 

Ya en su adolescencia el “lado oscuro” del rock llegó para no abandonarlo jamás.

 

“Había una razón muy sencilla y lógica a esa edad: ligar. Porque a los 14 años lo menos cool del mundo es estar tocando a Manuel M. Ponce”.

 

- ¿Y sí ligaste?

 

- Sí, afortunadamente sí. En aquella época el poder de una guitarra eléctrica era comparable al poder que da hoy por hoy llevar una batuta. Pero lo más importante es que descubrí un camino que aún hoy me apasiona. La mamá de un amigo me regaló el álbum Dark side of the moon de Pink Floyd y en ese momento, a los 14 años, mi vida cambió radicalmente. Desde entonces hasta la fecha sigo siendo un fanático del rock progresivo.

 

Con todo su bagaje clásico y la cultura musical aprendida de sus padres melómanos, Felipe comenzó a estudiar en el Centro de Investigaciones Musicales de México. Asegura que su idea inicial era aprender música formalmente para componer canciones de rock progresivo. Pero descubrir las posibilidades de componer para orquestas le hizo cambiar de rumbo. Le encantaba la música ruidosa, estridente y salvaje y cuando en segundo año le encargaron hacer una obra para cuarteto de cuerdas le llegó una revelación: descubrió que podía hacer mucho más ruido con una orquesta que con un grupo de rock. Entonces regresó al mundo clásico, pero desde el punto de vista de la experimentación.

 

Música, silencio, México que viene y va

 

Hablar de ruido hace que, por oposición, el silencio surja como un ente necesario, en el origen o en el final. Felipe se entusiasma con este binomio y plantea una analogía que le dibuja como el director que es. Incluso el ritmo, la cadencia y la forma y calidez de su discurso, se convierten también en una composición musical.

 

Para él, el silencio no sólo forma parte de la composición, sino también de la interpretación. Cuando trabaja con músicos, por ejemplo improvisando, siempre les dice que es una virtud saber cuándo no tocar: “A mis alumnos se lo explico de esta manera: escribir una pieza es como visualizar una cena. Si hay ocho comensales sentados en una mesa y todos se hablan al mismo tiempo, nunca nos vamos a entender, porque además cada uno empezará a hablar cada vez un poquito más fuerte para hacerse escuchar. Si, en cambio, se van pasando la palabra en orden, puede llegar a ser una cena muy aburrida, como una conferencia”.

 

Entonces lo divertido, y así lo aplica a la música, es una cena donde todo el mundo se divierte y, de repente, uno cuenta un chiste y todo el mundo le presta atención (como un solista), y luego empiezan las conversaciones, los duetos, los tríos, los cuartetos. Y luego el de acá le grita hasta el de allá. Y todos hablan armónicamente.

 

- Pero, ¿qué pasa cuando hay choques armónicos, cuando dos empiezan a discutir, un tercero se mete y empieza un conflicto?

 

- La armonía tanto musicalmente como filosóficamente no existe sin el conflicto y viceversa. El sonido no puede existir sin el silencio. Un fortísimo no puede existir si no hay un pianísimo.

 

Para ilustrar todo este banquete metafórico,  muestra el proyecto que hizo el año pasado con la Filarmónica de la Ciudad de México. “Esta pieza tiene muchas cosas. En primer lugar estoy yo como intérprete en la guitarra eléctrica. Además en Mal’Akh que formé para ella incluye un sitar de la India, una soprano clásica, una cantante de Música de Medio Oriente, un tecladista de Estados Unidos que hace como progresivo de los setenta, batería, bajo eléctrico y una orquesta sinfónica. Creo que esta pieza me define muchísimo: lo que soy y en lo que creo”.

 

Terminó sus estudios en México y, con la idea de mejorar su formación en música de vanguardia, Felipe viajó a Holanda para cursar un posgrado de composición contemporánea en el Conservatorio de Rotterdam. Allí pasó 14 años, embebido en la escena cultural y musical del país. Allí construyó una identidad como artista cuando trabajó con la orquesta sinfónica de Múnich y la de la República Checa, así como con las compañías nacionales de danza de Suecia, España, Holanda Alemania y Suiza. Después estudió dirección de orquesta y una maestría en música electroacústica, además de cursos de guitarra flamenca, Gamelán (música de las islas de Java y Bali) o música de Turquía. Luego, la crisis económica que afectó a Europa a partir de 2009 le obligó a pensar en un cambio de rumbo. En ese momento, aunque vivía en Holanda, donde seguía con muchos proyectos, pasaba mucho tiempo en Barcelona donde tenía un puesto como investigador y maestro en la Universidad Pompeu Fabra. Con la crisis le quitan el subsidio al Departamento de Música Electroacústica donde daba clases en Barcelona y el departamento desapareció. También vio cómo cerraban el instituto holandés que lo becaba.

 

“Dos años antes yo había venido a México para hacer la música de la película Rudo y cursi de Carlos Cuarón. Al regresar en 2009 a trabajar en otra película mexicana pensé en venir sólo seis meses. Pero me pasó lo mismo que cuando llegué a Holanda por primera vez, me enamoré perdidamente de la Ciudad de México como si fuera un turista que la pisa por primera vez”.

 

- ¿Por qué este repentino enamoramiento?

 

- Siento que está en ebullición, como fuegos artificiales. Además creo que el público ha cambiado, se ha hecho más exigente, bien informado y muy crítico. Mi pregunta es si todo esto va a trascender o se va a quedar en la promesa, porque creo que somos el país de las promesas que no se cumplen. Somos la promesa del nuevo renacimiento, la nueva Florencia, o lo que era Nueva York en los años sesenta. Pero tengo mis dudas, por la mentalidad del mexicano, en la que yo no me incluyo y con la que estoy radicalmente en contra.

 

- ¿A qué te refieres con la mentalidad del mexicano.

 

- Somos el país del ‘ya casi’. Celebramos el pasar a los octavos de final en una copa mundial, mientras otros países sólo celebran cuando entran en la final. Somos un país muy conformista, donde además la gente trabaja sólo lo necesario. Pero, en cualquier caso, creo que por primera vez en la historia estamos floreciendo salvajemente. A pesar de que tenemos un presidente [Enrique Peña Nieto] que hace todo lo posible para que este país no florezca.

 

A su regreso a la Ciudad de México le empezó a llover trabajo y decidió fundar lo que asegura era el sueño de su vida: una plataforma de experimentación para hacer su propia música. Hace cuatro años fundó Mal'Akh, ensamble del que es director. Por él han pasado músicos como Armando Manzanero, Lila Downs, Tania Libertad, Regina Orozco, Ely Guerra o líricos como Encarnación Vázquez, soprano de Bellas Artes, el Coro de Bellas Artes, la Filarmónica de la Ciudad de México, el Cuarteto de saxofones Anacrusax, Alex Otaola o Daniel Zlotnik.

 

Mal’Akh significa “ángel” o “mensajero” en hebreo, dice Felipe.

 

“No tengo nada que ver con la cultura hebrea o judía, pero me gustó la palabra y su significado”.

 

- ¿Mensajero de qué?

 

- El mensaje es que no quiero romper las barreras, sino demostrar que no existen, que no han existido nunca y no van a existir. Toda mi filosofía de vida tiene que ver con la desaparición de las fronteras. Creo en la integración absoluta de las culturas, lenguajes y formas de pensar.

 

Además, explica, Mal’Akh en árabe también significa ángel, según descubrió hace poco, una coincidencia que puede demostrar las similitudes entre dos mundos hoy en día enfrentados. Compartir es, quizá, uno de sus logros. Si internet y las nuevas tecnologías ayudan también a eliminar fronteras, con orgullo, Felipe dice que toda su música está disponible de manera gratuita en  la red.

 

Además de sus propias composiciones, Felipe trabaja mucho por encargo. Encargos no sólo para proyectos de lo que algunos llamarían alta cultura, sino también para proyectos comerciales y productoras de televisión, que a veces terminan siendo verdaderos retos, según asegura. El año pasado llevó a cabo un encargo en el Bosque de Chapultepec con la Filarmónica de la Ciudad de México y Mal’Akh. El otro fue participar en el Centenario del natalicio de Octavio Paz con un homenaje musical en el que musicalizó algunos de sus poemas con las voces de Tania Libertad y Regina Orozco. Actualmente está además cerrando un proyecto con Sony Music para editar un disco de música sinfónica con los grandes éxitos del rock español en los ochenta. “Imagínate “Ni tú ni nadie” en versión sinfónica”.

 

Animalik

 

Su proyecto estrella para 2015 es la continuación de Animalik, un ciclo de cine de animación musicalizado en vivo.

 

El de este año, Animalik 3x, son vídeos de animación con contenido erótico. Para encontrar las películas, lanzó la convocatoria y buceó por el bajo mundo de la pornografía en Internet. Muy pronto le llegaron vídeos de Israel, Holanda, Canadá, EE.UU., Francia, Polonia, Colombia y Corea. La premier fue la semana pasada en la Cineteca Nacional.

 

“Cada dos años quiero hacer un Animalik, así que si tengo 41 y voy a vivir (espero) hasta los 80, aún me quedan 20 Animaliks por hacer”.

 

Muchas, muchas cosas. ¿Cómo hace Felipe para organizar todo esto en su cabeza? Se ríe. Dice que nunca le han hecho esa pregunta.

 

“No duermo. Duermo muy poco y soy muy organizado. Me encanta trabajar. Yo estoy parado desde las seis y media de la mañana y me encanta tanto lo que hago que no me doy cuenta del número de horas que invierto en hacerlo”.

 

Entre sus fuentes de inspiración, reconoce a la literatura y al cine. Aunque el libro que le cambió la vida fueron los Versos Satánicos de Shalman Roshdie, Cortázar es su autor favorito. Se define como un “cinéfilo libidinoso”. Va dos o tres veces a la semana al cine. Lo hace solo.

 

“Irme por ejemplo a la cineteca un martes a las once de la mañana cuando no hay nadie, es maravilloso. Creo que si no hubiera sido músico, hubiera sido músico sin duda. Y ya después de cuatro o cinco capas hubiera sido cineasta”.

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